AUGUSTO ASCUEZ VILLANUEVA
El Señor de las Jaranas

Augusto naciò el 07 de Octubre de 1892 y fue
bautizado en la parroquia
de San Làzaro el 03 de abril de 1893. Hijo de
Jorge Ascuez y de
Nicolasa Villanueva, ambos de Lima,
designaron en condiciòn de padrino a Guillermo
Beunza y Margarita Pèrez. Elìas, su hermano, era
menor
que Augusto, naciò el 20 de junio de 1895 y
recibiò el sacramento del bautismo - llevado a
la pila por los padrinos de su hermano el 09 de
febrero de 1896.
Crecieron en el barrio de Malambo, trabajaron
como albañiles desde sus mocedades y en esa
actividad continuaron hasta la vejez. En 1929
Elìas partiò rumbo a Chile, en gira artìstica,
con el celebrado compositor, moreno también,
Alejandro Sáen, Gregorio Villanueva, Jorge
Acevedo y Teresa Arce, quien años después
destacarìa en el teatro nacional.
Estuvieron
fuera del paìs dieciocho meses. Sáenz se quedó,
Acevedo falleció
en Valdivia, y el resto
emprendió el regreso.
Elías
pasó a vivir en 1939 a la Avenida del Trabajo
No. 308 del tercer Barrio Obrero del Puente del
Ejército, inaugurado en beneficio de las personas de modestos recursos económicos. Casas
de dos, tres, cuatro y cinco habitaciones, el
pago por el alquiler era variable y, en cierta
manera, cómodo: 10 soles al mes en el primer
caso, 16,50 en el segundo, 18 en el tercero y 30
en el cuarto.
Augusto
y Elías eran sobrinos de Mateo Sancho Dávilay
Clara Boceta, del Callejón de la Cruz, en
Malambo, quienes los criaron.
Retoño de esta
pareja fue Braulio Sancho Dávila, autor del vals
"Abeja" y, según Durand, de "Dios" y "la versión
original de Idolo". Esta afirmación hay que
tomarlas con reservas, pues se atribuye también
a NIcanor Casas y la familia del recordado
compositor de "Anita" ha disputado la auditoría
desde hace tiempo.
Brauli
Sancho Dávila tuvo, entre su numerosa familia,
tres primas que llevaban en las venas el baile
popular, la jarana limeña: Bartola, Isabel y
Peta. Tío tambien, y tío de trago y amanecida de
Augusto y Elías fue Santiago Villanueva, para
los amigos simplemente "Chocolate". Uno de sus
hijos (Mamerto) se casó con Melchora Martínez;
de esta pareja nacería el futbolista Alejandro
Villanueva, ídolo de Alianza Lima, integrante en
1936 del equipo de fútbol que viajó a Berlín
para intervenir en las Olimpiadas y, en el
consenso deportivo, uno de los mas grandes
futbolistas peruanos.
Elías
falleció en 1973, Augusto el 17 de agosto de
1985. "El Comercio" destacó
tan sentida
desaparición con un titular que decía: "Murió
reliquia de criollismo". Tenía 95 años. Sus
restos fueron velados en el Pasaje Acapulco (avenida Juan
Manuel del Mar 1350, Chacra Colorada)
Se ha dicho por las voces más autorizadas de lo que
aún queda de la canción peruana que con la muerte de don Augusto Ascues y
Villanueva, desaparece el último gran cantor de marinera limeña y uno de los
caballeros que enalteció el encanto, la gracia y la prosapia de la jarana. Si
consideramos que la canción criolla no es sólo obra y milagro, legado y mensaje de
los compositores, sino tambien con el mismo valor, participación, enrumbamiento,
decisivo aporte de los intérpretes, hay que decir que don Augusto representó una
época, un capítulo, una tradición del mejor modo de cantar lo nuestro.
Con él termina un estilo de decir la marinera limeña, de enaltecer el ritmo del
“amor fino” y de vanagloriar cualquier canción, sobre todo de la guardia vieja,
que interpretara con su voz y manera incomparables.
Cuando la canción criolla, pero mejor escrito, la jarana, ascendió como expresión
del arte peruano hasta los ilustres claustros de la Universidad Nacional Mauor de
San Marcos, para en una velada memorable que presentó el doctor José Durand Flores
(1958) mostrar las esencias de nuestra música, ritmos y bailes, Augusto Ascues, a
la cabeza de un selecto grupo de intérpretes, fue la figura central de esa
conferencia inolvidable.
Augusto Ascues, con su ya desaparecido hermano don Elías, nacieron en el viejo
Malambo de Abajo el Puente, no sólo para perennizar el estilo, la moda, la
costumbre de cantar de ese señorial barrio, sino para con el correr del tiempo,
cerca de sesenta años, construir todo aquello en lo más genuino, auténtico y
ejemplar de la jarana limeña. Don Elías precedió hace algunos años la partida de
su hermano, su amigo, su “primera”.
Es difícil tarea para una crónica que se lleva a las cuartillas casi asistiendo al
velorio del conspicuo trovador, un análisis que marque con precisiones históricas
la aparición de los Ascues en los tibios entornos de las jaranas múltiples. Se
supone que ambos comenzaron a cantar cuando eran muy jóvenes las canciones de la
vieja guardia, así como las que iban apareciendo, estimulaban las competencias de
los antiguos barrios.
Lo cierto es que si a tenor de las manifestaciones de nuestros escasos tratadistas
de la música peruana y en este caso particular de la limeña, las primeras
apariciones de valses, polkas, marineras y aires negros se plasmaron por la
rivalidad de los cinco principales barrios de entonces: Monserrate, los Barrios
Altos, Cocharcas, Abajo el Puente y La Victoria, los Ascues fueron de los primeros
en portar los pendones del Rímac. Y si por entonces; ellos hacía flor y elogio de
la marinera limeña en el canto, nadie la bailaba mejor que esa morena tambien
bajopontina llamada Bartola Sancho Dávila.
Los Ascues integraron una vasta legión de trovadores, entre los que se encontraban
digamos, que figuras tan maestras y genuinas como Pancho Ferreyros, César Manrique,
Eduardo Montes, Alejandro Sáez, Guillermo Suárez, Manuel y César Andrade, Julio
Vargas, Braulio Sancho Dávila, Pedro Santiago, Nicanor Casas, Justo Arredondo,
Manuel Covarrubias y Víctor Corea ( sin que la relación indique un orden
cronológico).
En “historia de la canción criolla” de Aurelio Collantes, se menciona y se inserta
una foto de una de los primeros conjuntos que integraron los hermanos Ascues y que
incluye a Arístides Ramirez y Pancho Agüero como cantantes y guitarristas y a
Francisco Monserrate, el legendario cajoneador. Pero es evidente que ellos
integraron muchos, muchos conjuntos. Y es que tanto don Augusto como don Elías no
fueron cantores profesionales.
El autor de esta nota tuvo el privilegio de escuchar muchas veces juntos o
acampañados a don Augusto o a don Elías. Pero jamás habrá de olvidar una noche de
jarana brindada por Luciano Huambachano, trovador y compositor, amigo incomparable
ya difunto, para celebrar el natal (dicho en el mejor lenguaje criollo), de su
compadre don Rodolfo Espinar Illich. En la casa de Luciano, cerca del Puente del
Ejército, esa noche cantaron marinera limeña, amor fino y valses de antaño, cuatro
maestros: don Augusto Ascues, don Elías, su hermano; Luciano Huambachano y don
Alejandro Arteaga. Ahora con don Augusto ya los cuatro son finados.
Debio ser de joven moreno, alto, esbelto don Augusto. Y así siguió con la misma
madera y tronco hasta sus últimos años. Reposado y silencioso, elegante y lleno de
finura. Tambien muy ocurrente y sabio. La esquina, el barrio, el callejón, la
jarana, le dieron las clases de vida que no pudo aprender en claustros. Pero tenía
la señera majestad de los emperadores negros. Por eso bien pudo decir, cuando bien
hubiera querido, aquella frase que Eugene O. Neill atribuye al emperador Jonás:
“Tengo poder y lo uso con rapidez. Eso no es suerte”
La crónica de un amigo y un admirador que frecuente don Augusto, debe ceder al
testimonio valioso de los personajes que hicieron música al lado del maestro y que
de él han heredado tantas enseñanzas. Por esos hemos recurrido al recado emotivo y
lleno de evocación de Oscar Avilés, doña Alicia Maguiña y Teodoro Ernesto Soto,
“El Chino Soto”.
Pienso afirmó Oscar Avilés que en toda mi vida artística he oído innumerables
cantores, todo un naipe, pero ninguno tuvo o tiene la incomparable voz de don
Augusto Ascues Villanueva. Todo lo reunía para cantar en ese su estilo sin
paralelos: sabor, calidad de voz y ese sentir, ese “masticar” que lo
caracterizaban. El fue la catedral de la marinera limeña.
El estilo de don Augusto era impresionante. Yo estimo que fue el cantor más
“largo” de cuantos he conocido. Y al hablar de cantor “largo” naturalmente me
refiero a las jaranas en mayor y menor.
Era largo, añadió Avilés, guitarra eximia, cantor y compositor, porque nadie como
don Augusto sabía decir la marinera limeña. Y como era poseedor de una memoria
extraordinaria, no sólo sabía más, sino que era capaz de hilvanar cuartetas con
maravillosas improvisaciones para así continuar la conversación musical”
Que decir del “amor fino”. En esto fue un maestro. Y de ese ritmo ya no queda
quien pueda seguirle el paso. Así también supo cantar como nadie marineras y
resbalosas, panalivios y los más diversos géneros negros, amén de valses antiguos
y polkas, a las que añadía la prestancia de su particular modo de decir……….
Tratándose de marineras limeñas, resbalosas y fugas, tanto en tono mayor como en
menor, era un maestro. Y eso no sólo porque sabía aplicarlas magistralmente, sino
porque contaba con muchísimos “trucos” que lo convirtieron en amo y señor del
género. Si no se cuenta con estos atributos, la jarana se pierde y se esfuma, cesa
el diálogo y el contrapunto. Pero cuando Ascues notaba que el otro cantor se
perdía, el entraba en auxilio con una improvisación de su mente. Recuerdo que una
vez en una jarana, se le “perdió” el “Curita” Gonzales, trastabillo por una
indecisión entre la letra y la voz y don Augusto le entró al quite con esta
cuarteta: “ No te metas, si no sabes, a lo más hondo a nadar, que a la hora de
zambullir, ahí te puedes ahogar………..”Recordó Oscar Avilés que en 1958 tuvo el
honor de ser invitado por el escritor y maestro universitario Dr. José Durand
Flores, a sostener a ilustrar con interpretaciones una conferencia sobre música y
bailes peruanos que tuvo como solemne escenaria el claustro de San Marcos. “Para
hacer marinera limeña, contó Avilés, el Dr. Durand puso a los hermanos Augusto y
Elías Ascues juntos y enfrente a Luciano Huambachano y a mí. Fue un encargo muy
bravo. Traté de quedar a la altura de tan notables maestros y al final recibimos
muchos aplausos y comentarios. Ahora podemos decir con orgullo que fuimos los
primeros en llevar la marinera limeña como tratado y teoría, como lección y aporte,
al recinto de la primera universidad que se fundó en América.
Alicia Maguiña quien consideró a don Augusto Ascues y Villanueva como uno de sus
más conspicuos maestros e inspiradores, expreso sentirse muy deprimida con la
noticia de la muerte del trovador.
“ Las cosas que tiene la vida, comentó. Yo estaba preparando, terminando de
cuadrar la marinera que aún no lleva título y que he dedicado a don Augusto cuando
me entero de su fallecimiento. El ya conocía mi canción. Hasta había comenzado a
cantarla un poquito, digamos la letra que dice: Marinera, marinera, para cantar,
marinera para regalártela, etc…….pues se la hice conocer el año pasado para el día
de su cumpleaños. El siete de Setiembre *. Se puso tan alegre, tan contento…….”
“Pero, añadio la señora Maguiña, como quería enriquecerla le prometí estrenarla
para este año. Augusto a quien conocí hace muchos años, decía que su marinera
limeña, ésta que le tengo dedicada, iba a tener tanto éxito como “Bartola”, la que
canta a las glorias y leyendas de la incomparable bailarina limeña y morena,
rimense por añadidura, que ya era popular, cuando se presentaba en Amancaes, hasta
el año 1942, con el conjunto “La Flor de Malambo”
“Don Augusto como todos saben, refirió la famosa compositora y cantante, no fue un
cantor profesional. Es más rehuía en cierta forma las presentaciones teatrales,
los expectáculos televisivos, porque le tenía cierta aversión a los micrófonos. Su
oficio, que desempeño con excepcional categoría y reponsabilidad era de albañil.
Por lo mismo pienso que se sentía más cómodo como cantor aficionado”
Muy fino, delicado, elegante, incapaz de molestar a nadie, nunca fue remiso a
enseñar todo lo mucho que sabía. Ultimamente lo ví muy preocupado con su salud. Lo
que más le molestaba era estar mal de los bronquios.
“Pierdo, dijo Alicia Maguiña, un gran amigo, un maestro, un ejemplo de lo que es
ser un señora de jarana; pienso también que Lima y el país pierden una de las
figuras de más rango, prestancia y tradición de la música limeña y peruana.
Acompañado de su inseparable amigo José “Tato” Guzmán potente y emotiva voz, que
le hace “segunda” se aprestaba Teodoro Ernesto Soto, el popular y querido “Chino”
Soto, a asistir al velorio de don Augusto. El antiguo cantor de los Barrios altos
dijo:”Ahora no me vienen las ganas de llorar. Pero cuando lo vea, no sé si voy a
resistir tanta pena. Tengo también que avisarle a mi madre: Rosa Celia Agüero, que
lo conoció desde los tiempos que Augusto iba a nuestro barrio. Yo entonces era muy
muchacho……..”
El “chino” Soto que tuvo el privilegio de ser amigo de Pinglo, como también lo fue
de Augusto Ascues, refirió que la primera vez que oyó cantar a los Ascues fue en
compañía de Manuel Quintana, el famoso “ Canario Negro”
“Quien me iba a decir, añadió Soto, que en el año 1957 le propuse a Rafael del
Carpio, que entonces producía un programa de música criolla en Radio Nacional,
llevar a su audición a los hermanos Ascues. Del Carpio me dijo: ¿Crees que podrías
traerlos? Y yo le aseguré: Ya están aquí…………Así fue como aquel mismo año formamos
el conjunto “Los Reyes de la Jarana” que estuvo conformado por Augusto y Elías
Ascues, “Mañuco” Covarrubias, Alejandro “Manchao” Arteaga en el cajón, Arístides
Ramirez y el que te habla ¿Se dan cuenta? Todos ya se han ido. El únido que queda
soy yo”
“He pasado cerca de cincuenta años de mi vida, jaraneándome con los Ascues, añadió
el “Chino Soto. Precisamente a Augusto le gustaba mucho cantar “La Abeja” con su
hermano Elías, después fue su segunda el “Manchao” Arteaga. Tenía una gracia única.
Una vez cantaba a dúo con Covarrubias y éste medio que se quedó dormido. Entonces
Ascues lo despertó con esta cuarteta: Manuelito de mi vida, tu criado es el que
canta, en la tierra que usted pisa y el polvo que usted levanta” (Jorge Donayre
Belaunde)
* De acuerdo a la Marinera de Alicia Maguiña Augusto dueño del santo la fecha de
cumpleaños de don Augusto Ascues es el 7 de Octubre.
( Extraído del libro Antología de la Música Peruana Tomo I por Lorenzo Villanueva
Regalado y Jorge Donayre Belaunde)
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